Mientras gran parte de la discusión educativa se concentra en los grandes sistemas escolares urbanos, 3.2 millones de niñas y niños aprenden cada día en escuelas que pocas veces aparecen en el debate público.
Son las escuelas multigrado, planteles donde una misma maestra o maestro atiende a estudiantes de diferentes grados y edades dentro de una sola aula. Lejos de ser una modalidad marginal, estas escuelas representan una parte fundamental del sistema educativo mexicano.
De acuerdo con el estudio Volver la mirada al multigrado: voces y horizontes, publicado por Mexicanos Primero, el 46% de las escuelas públicas de educación básica del país operan bajo esta modalidad. En total, son 104 mil 933 planteles que atienden a 3.2 millones de estudiantes, principalmente en comunidades rurales, indígenas y de alta marginación.
La cifra revela una paradoja. Casi una de cada dos escuelas públicas es multigrado, pero estas comunidades educativas han permanecido durante décadas fuera de las prioridades de la política educativa.
Aunque garantizan el acceso a la educación en territorios donde otros modelos escolares difícilmente podrían operar, suelen hacerlo en condiciones de precariedad, con infraestructura insuficiente, materiales limitados y poco acompañamiento técnico y pedagógico.
Sin embargo, el estudio invita a mirar más allá de las carencias. A partir de testimonios de docentes, familias, estudiantes y especialistas, documenta cómo las escuelas multigrado han desarrollado prácticas pedagógicas innovadoras que permiten atender la diversidad de edades, ritmos y trayectorias de aprendizaje dentro de un mismo espacio.
La tutoría entre pares, la colaboración entre estudiantes y la vinculación con la comunidad forman parte de una dinámica cotidiana que, en muchos casos, anticipó enfoques educativos que hoy son promovidos como innovaciones.
Detrás de estos logros hay miles de docentes que sostienen el sistema prácticamente solos. Además de enseñar, organizan actividades simultáneas, gestionan la escuela, mantienen comunicación con las familias y adaptan contenidos a contextos diversos. Muchas veces lo hacen sin formación especializada para trabajar en aulas multigrado y sin los recursos necesarios para desarrollar su labor.
El estudio de Mexicanos Primero plantea que el reto no es reemplazar esta modalidad ni considerarla una solución provisional, sino reconocerla como una forma legítima de organización escolar que requiere políticas específicas, formación docente pertinente, materiales adecuados y financiamiento suficiente.
Para estados como Sinaloa, donde existen comunidades rurales dispersas que dependen de este tipo de escuelas para garantizar el acceso a la educación básica, la reflexión adquiere especial relevancia.
Durante décadas, estas escuelas han sido la única opción educativa para miles de niñas y niños. Han llegado donde otros modelos no llegaron. Han sostenido el aprendizaje en condiciones complejas y han mantenido abierta la puerta de la educación en los territorios más apartados.
Volver la mirada al multigrado implica visibilizar a quienes han sostenido silenciosamente uno de los derechos más importantes: el derecho a aprender.



