La escuela sigue siendo uno de los pocos espacios capaces de ofrecer refugio, oportunidades y esperanza en medio de la violencia, las dificultades económicas y la transformación de las dinámicas familiares. Sin embargo, para cumplir ese papel, ya no basta con enseñar matemáticas, español o ciencias.
Esa fue una de las principales conclusiones del conversatorio ciudadano “La escuela que queremos”, un ejercicio que reunió a madres de familia, docentes, empresarios, activistas, especialistas y representantes de organizaciones civiles para reflexionar sobre el presente y el futuro de la educación en Sinaloa.
En tres mesas de diálogo, los participantes coincidieron en que la educación enfrenta retos que rebasan los límites de las aulas. Entre los principales desafíos identificados se encuentran la inseguridad, los problemas de salud mental, la falta de acompañamiento familiar, la desconexión entre la enseñanza y la vida cotidiana, así como el rezago en habilidades académicas y socioemocionales.
Sin embargo, la mayoría de los participantes coincidieron en que la escuela continúa siendo una herramienta fundamental para transformar la realidad, pero requiere una mayor participación de padres de familia, comunidades, autoridades y sectores productivos para responder a las exigencias actuales.

La escuela en la vida cotidiana: el problema que no estamos viendo
En la primera mesa, moderada por la directora general de Mexicanos Primero Sinaloa, Nuria González Elizalde, se partió de una pregunta central: ¿qué problemas están afectando a la educación y no estamos viendo?
Las respuestas apuntaron hacia una realidad que miles de estudiantes enfrentan diariamente fuera de las aulas. Micaela González, madre buscadora de Antonio de Jesús y Christian Geovanni Lozoya, relató cómo la violencia impacta directamente la vida de las familias y de los estudiantes. Desde su experiencia, consideró que las escuelas deben dejar de ver estos problemas como asuntos ajenos.
“En las escuelas piensan que de la puerta hacia adentro no les compete”, expresó al señalar que muchos alumnos llegan a clases cargando traumas, preocupaciones económicas o situaciones de violencia que terminan afectando su desarrollo académico y emocional.

Además, la escuela debe convertirse en un espacio de acompañamiento capaz de brindar contención a quienes atraviesan circunstancias complejas. También llamó a preparar a los docentes para abordar con sensibilidad los problemas que afectan a los estudiantes.
La periodista especializada en educación, Alexandra Figueroa, coincidió en que las preocupaciones principales de las familias hoy son la seguridad y la economía. A partir de su trabajo periodístico, señaló que los niños y adolescentes están plenamente conscientes de lo que ocurre en su entorno pero sus padres y maestros intentan excluirlos.
“Los niños están tan conectados como nosotros con la vida real”, afirmó.

Figueroa consideró que las escuelas tienen potencial para convertirse en espacios seguros que ayuden a reconstruir el tejido social, aunque advirtió que muchas enfrentan limitaciones presupuestales y carencias en infraestructura y equipamiento.
Desde la experiencia de la crianza, Gladys Gastélum compartió los retos que enfrentó para lograr la inclusión educativa de su hija diagnosticada con trastorno del aprendizaje. Destacó el acompañamiento recibido por parte de los docentes y subrayó que la educación pública sigue siendo una herramienta esencial para el desarrollo personal y social.
“Claro que vale la pena, porque en nuestras escuelas públicas no nada más se aprenden las materias, se aprenden valores”, sostuvo.

A manera de conclusión, coincidieron en que la escuela ya no puede desvincularse de los problemas que ocurren fuera del entorno escolar porque esos mismos problemas terminan ingresando al aula.
La escuela: ¿problema o solución para construir opciones de vida?
La segunda mesa, moderada por Américo Ríos, director de la Escuela Activa Integral, partió de una pregunta central: si la escuela es un problema o una solución para construir opciones de vida.
Quienes integraron esta mesa reflejaron preocupación por el rezago académico que enfrentan muchos estudiantes, particularmente en áreas como comprensión lectora, pensamiento crítico y habilidades digitales.
Gabriela Escoto, líder empresarial de COPARMEX, reconoció que los planteles han asumido nuevas responsabilidades derivadas de la violencia y de los problemas emocionales que viven los alumnos, convirtiéndose incluso en refugios para muchos de ellos.
“Los maestros tienen un gran reto porque no tienen una formación para tratar asuntos socioemocionales”, señaló.

Sin embargo, advirtió que mientras las escuelas atienden nuevas problemáticas también enfrentan rezagos importantes en el aprendizaje. Aseguró que muchos jóvenes concluyen su formación sin habilidades suficientes para comprender textos o utilizar herramientas digitales de manera adecuada.
Para la representante empresarial, la educación debe construirse a partir de una alianza entre familias, escuelas y gobierno. “El principal reto que tenemos es convertir a la escuela en un motor de transformación social”, afirmó.
Arturo García, ingeniero y líder juvenil, destacó que las escuelas continúan siendo espacios de convivencia democrática y de construcción de liderazgo. Desde su experiencia personal como estudiante proveniente de una comunidad rural, consideró que la educación sigue abriendo oportunidades para quienes deciden aprovecharlas.
“Para lograr un verdadero cambio afuera se debe generar un liderazgo en la escuela”, expresó.

También llamó a los padres de familia a mantenerse como aliados del proceso educativo, aun cuando las condiciones sociales y económicas actuales sean distintas a las de generaciones anteriores.
Por su parte, Roberto Gutiérrez, fundador de Malala Academia, advirtió sobre la creciente distancia entre lo que se enseña en las escuelas y las habilidades que exige la vida contemporánea.
“Ha faltado conectar la escuela con el mundo laboral. Hay un desfase enorme entre lo que debería saber (un estudiante) y lo que sabe”, señaló.
Además, consideró necesario fortalecer competencias como el emprendimiento, la autonomía y la capacidad de adaptación. También observó cambios importantes en las dinámicas familiares, donde algunos padres tienen menos tiempo para acompañar a sus hijos y otros terminan resolviendo todos sus problemas, limitando su desarrollo personal.
“La escuela es la solución, nosotros somos el problema”, concluyó.

Una salida compartida: aprender y actuar juntos
La tercera mesa, moderada por Samuel Angulo, especialista en cultura de paz y educación, se enfocó en la construcción de soluciones compartidas entre familias, escuelas y sociedad.
El presidente de la Junta de Asistencia Privada, Roque Mascareño Chávez, advirtió sobre el debilitamiento del involucramiento familiar en los procesos educativos. Consideró que muchos padres han delegado completamente la formación de sus hijos a las escuelas.
“La ausencia de humanos capacitando a otros se ha perdido”, expresó al referirse al creciente protagonismo de las pantallas en la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes.

Para Mascareño, la participación activa de las familias es indispensable para mejorar los resultados educativos. “Se necesitan padres supervisando a los alumnos”, afirmó.
Enrique Fae Soto, director de Fundación Nidos, propuso fortalecer las asociaciones de padres de familia y transformar las escuelas en verdaderos centros comunitarios que generen beneficios para sus entornos.
“La sociedad y la comunidad deben participar siempre en las actividades de la escuela”, sostuvo.

Mientras Víctor Aispuro, director de la Primaria Sócrates, habló desde la experiencia de encabezar una institución que enfrentó directamente los efectos de la violencia. Recordó que su escuela fue una de las primeras en suspender actividades presenciales por cuestiones de seguridad.
“Necesitamos maestros capacitados y apoyados”, señaló.
Aispuro consideró que los docentes enfrentan retos cada vez mayores sin contar siempre con el respaldo suficiente de autoridades y familias. También llamó a reflexionar sobre los contenidos que consumen niñas y niños dentro de los hogares y reiteró que la educación requiere una participación activa de todos los actores involucrados.
“No podemos simular que queremos una mejor educación cuando no estamos participando”, concluyó.

El conversatorio ciudadano “La escuela que queremos” fue un espacio de encuentro y reflexión entre actores diversos de la sociedad sinaloense para dialogar sobre los desafíos y oportunidades de la escuela. La facilitación general estuvo a cargo de Juan Alfonso Mejía, mientras que Martha Reyes compartió el mensaje de cierre de la jornada.
Las conclusiones de las tres mesas coincidieron en una idea central: la escuela sigue siendo un espacio fundamental para construir oportunidades, pero su fortalecimiento requiere el compromiso compartido de familias, comunidades, autoridades y sociedad en general.





















